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En cualquier reunión social, de la índole que sea, siempre hay temas controversiales, pero si la reunión involucra a gente de La Plata junto a alguna (al menos una) de otra ciudad, el tópico siempre sale a relucir: la calles de nuestra ciudad.

Por Diego Manuel Ruiz

 

Que si con números es más fácil ubicarse que con nombres, que si es más difícil, que hay demasiadas plazas, que con las diagonales me pierdo, que de esa forma se llega más rápido, etcétera, etcétera. Esos argumentos, y seguramente muchos más, son los que escuchamos alguna, o muchas, veces. Más allá de esos debates “callejeros”, hay un poco más de consenso en cuanto al diseño de la ciudad, pues en eso no hay demasiada discusión. Quizás pueda parecernos a los platenses algo común, pero La Plata tiene una particular que la destaca: fue diseñada, planificada y creada desde cero. Y gracias a ello es que su plano es tan regular, simétrico y ordenado. Más aún, la planificación de nuestra urbe se rigió bajo una concepción higienista, una metodología basada en la optimización de las condiciones de salubridad tendiente a evitar el hacinamiento y la propagación de enfermedades, bastante en boga durante gran parte del siglo XIX. El trazado tiene para sus dos diagonales principales dirección norte-sur (diagonal 74) y este-oeste (diagonal 73), y está compuesto por calles, que cada 6 cuadras se convierten en avenidas. Las intersecciones de las avenidas dan lugar a plazas y parques, y de éstas surgen dos diagonales menores quedando las plazas y parques intersecados por dos avenidas y dos diagonales. 

Y la organización no solo tuvo que ver con la orientación, como también la dirección de los vientos, sino que a su vez tuvo consideraciones inclusivas; Si los platenses solemos relacionar a la calle 47 con los naranjos, o la diagonal 73 con los jacarandás, se debe a que se plantaron de modo organizado diferentes especies de árboles para diferenciar las calles, avenidas y diagonales, y de esa forma las personas con minusvalías visuales pudieran orientarse a través del aroma de los mismos. Además de la numeración, también se identificó a las distintas veredas con bandas de colores conformadas por las baldosas, que diferenciaban las calles pares de las impares. 

Si todo esto no sirve para convencer a los “extranjeros” de las bondades de nuestro mapa, podemos recurrir al plan B y darles la razón, al menos en parte, porque las calles de nuestra ciudad, además de estar numeradas, tienen un nombre asignado. Seguramente se hayan topado con algún cartel antiguo en alguna esquina que nos indica el nombre, como aún puede verde en alguna esquina de la avenida 7, llamada “Ing. Luis Monteverde”; pero a decir verdad, todas las calles de la ciudad tienen un nombre, así la calle 1 se denomina “Joaquín V. González”, la 62 es “Dante Alighieri”, o la 50 lleva el nombre de “Valentín Vergara”. Muchas tienen nombres de próceres de nuestra patria (la calle 4 es “Manuel Belgrano”), de políticos de la zona (“Intendente Marcos Levalle” es la calle 27) o de diferentes lugares (“Jujuy” es la calle 59, “Mendoza” es la 70).

Pero en este caso particular, vamos a hacer foco en aquellas calles que llevan el nombre de reconocidos científicos. Comencemos por los más reconocidos: De los afamados “Cincos Sabios” de nuestra metrópoli, tres de ellos tienen calles con sus nombres: Carlo Spegazzini, Alejandro Korn y Fiorentino Ameghino; de los dos restantes, Juan Vucetich posee un parque con su nombre y Pedro Bonifacio Palacios (alias Almafuerte) fue homenajeado con una plaza en Gonnet y otra en Berisso. 

La Diag onal 80, homenaj ea a Fiorentino Ameghino, naturalista, geólogo y paleontólogo. Se consagró e nivel mundial como antropólogo y además estudió la fauna fósil de los mamíferos de nuestro país, llegando a descubrir unas 1000 especies nuevas. Fue director del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires en la primera década del siglo XX. La avenida 19 lleva el nombre del médico Alejandro Korn, quien como director del Hospital Melchor Romero incorporó métodos actuales para el tratamiento de pacientes neuropsiquiátricos. Además de su tarea científica, hizo carrera en política, siendo diputado, vicerrector de la UNLP, creando la carrera de obstetricia en dicha institución, y promotor de la Reforma Universitaria de 1918. La calle 116 lleva el nombre de Carlo Spegazzini, aunque aquí lo argentinizó en “Carlos”. Se trata de un destacadísimo científico italo-argentino, además de maestro, explorador y ensayista, que en 1880 llegó y se radicó en Buenos Aires, y cuatro años más tardes se estableció en La Plata. En sus expediciones a la Patagonia descubrió 1108 nuevas especies de hongos, y en toda su carrera llegó a descubrir unas 4000. Fue considerado uno de los mejores micólogos del Mundo. En La Plata ayudó a establecer y hacer crecer el Colegio Nacional y la entonces Facultad de Agronomía y Veterinaria. También quien fuera discípulo de Spegazzini, el Ingeniero Agrónomo Silvio Lanfranco, es quien ha dado el nombre a la calle 21. Este profesional estudió y trabajó en distintas áreas de su carrera, como la apicultura, y además se destacó como docente en las cátedras de Zoología Agrícola y Botánica, y se destacó como Fitopatólogo en la Dirección de Agricultura y Ganadería e Industria de la provincia de Buenos Aires que funcionaba en el actual Pasaje Dardo Rocha. Fue uno de los fundadores del Centro Nacional de Ingenieros Agrónomos que luego sería el Centro Argentino de Ingenieros Agrónomos y en 1916 actuó como integrante de la Sección de Ciencias Naturales de la Sociedad Científica Argentina. 

Pero no todos los científicos que dan nombre a algunas calles se destacaron en la ciudad. También hay algún extranjero, como el explorador noruego Roald Amundsen. Entre sus expediciones se destaca el descubrimiento del paso Noroeste hacia el Polo Norte en 1903, pero le ganaron de mano, por lo que decidió ir a la Antártida y conquistar el polo Sur del planeta. Gracias a su gran conocimiento del terreno, logró ser el primero en llegar a ese polo en 1911. Este investigador y explorador ha sido homenajeado dando su nombre a la calle 39.

 

Por Diego Manuel Ruiz

Docente de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales (UNLP) . Investigador de Centro de Investigación en Sanidad Vegetal (CISaV) Co-editor de la Revista Investigación Joven. Escritor y Divulgador científico.