Por Walter Szumilo

 

Leve pero rítmicamente riguroso, el golpeteo mecánico de un proyector antiguo alcanzaría como definición sonora de la figura de Federico Fellini. Su apellido también equivale a un sello. A tal punto, que da origen a un adjetivo enigmático, a la vez que categórico. “Fellinesco” dirá alguien cuando las palabras no alcancen para definir lo extra-ordinario, aludiendo a la vez a un cine que, si es eterno, lo es justamente por la dificultad para encasillarlo. Y no es que su personalísimo cine pretendiera divorciarse deliberadamente del de sus contemporáneos por mero capricho contra-cultural. Es simplemente que, catalizada por su potencia creativa, cada nueva forma expresiva de la que se nutrió dio vida una y otra vez a cintas novedosas. En su prolífica obra se yuxtaponen deliciosamente la dimensión real y la onírica; asoman rasgos autobiográficos que se funden con representaciones fantásticas; se desplazan criaturas excéntricas que invitan a sonreír, o reclaman empatía, o exigen compasión. Nunca lo atraparon los ‘ismos’, más allá de una fase neorrealista que describen algunos entendidos, o de su condición ‘neoidealista’ que otros le atribuyen como cualidad sui-generis. Tampoco pudieron los ideologismos, resultando vanos los errantes intentos de apropiación tanto de izquierdas como de derechas. El cine de Fellini es artesanal, desobedece tópicos y no entrega el alma a la tiranía de las grandes audiencias, pese al contundente éxito internacional de taquilla que genera al menos por una década. De ese ‘triunfo’ hablan, por caso, cuatro Óscar a mejor película extranjera que el director obtuvo antes de 1993, año en que recibiría uno honorífico por su trayectoria, que tomó entre sus manos flanqueado por Sofía Loren y Marcello Mastroianni, con la muerte a la vuelta de un par de hojas de almanaque.

A los ‘60 de films consagratorios, embebidos en las mieles del mainstream, les siguen los ’70 de un maduro distanciamiento de la crítica. Ya reina la ‘tele’ y apareció el video home, contexto oportuno para ‘pasar de moda’ y recluirse en la creación de obras más pequeñas y personales, de alto vuelo artístico.

Más allá de sus diversas fases creativas, el genio dice presente en cada obra, lo que transforma en arbitrario el intento de confeccionar una pequeña lista de ‘imperdibles’. Tercos, aunque respetuosos de la cronología, evocamos aquí unos pocos títulos: “La Strada” (1954): En la desolada Italia de posguerra, la aún más profunda desolación que transmite el vínculo entre el rústico y egoísta artista callejero Zampanó (Anthony Quinn) y la cándida y bondadosa Gelsomina, personificada por Giulietta Massina, esposa de Fellini desde mediados de los ’40.

“La dolce vita” (1960): Noches y madrugadas a lo largo de la Vía Veneto, desde la óptica del escritor de crónicas sociales Marcelo Rubini (Marcello Mastroianni). “Hubo un tiempo donde la amargura se retrataba de manera bella”, escribió con tino un crítico haciendo alusión a aquellos tiempos, diferentes a estos en los que “nadie fuma, nadie bebe ni disfruta ni se erotiza ni se arroja a una fuente vestido como entonces”.

“8 ½” (1963): Luego de un resonante éxito, un director de cine (Marcello Mastroianni pero el mismo Fellini) enfrenta una crisis de creatividad y busca auxilio en el recuerdo de algunos hechos que lo marcaron, mientras su vida, como la película en la que trabaja, parecen desmoronarse definitivamente.

“Amarcord” (1973): En la lengua de la región de Emilia-Romaña, algo así como “me acuerdo de…”. Postales de un pueblo de la Italia fascista de la década del ’30 a través del tamiz de la memoria emocional de un Fellini ya mayor de cincuenta, que esconde tras una fachada de costumbrismo una disección profunda de varios personajes maravillosos. En la banda sonora, la obra de su inseparable Nino Rota, años después cortina del histórico ciclo televisivo argentino “Función Privada”.

“E la nave va” (1983): Barroca, ‘desgenerada’, la película que en el Festival de Venecia recibió una ovación de quince minutos. Una diva de la ópera ha muerto y personalidades del mundo de la música y el canto lírico viajan a la isla en la que nació, para arrojar sus cenizas. A bordo del barco, en plena batalla de egos, naufraga la belle epoque, y queda al desnudo una sociedad, al decir de Moravia, “vacía de humanidad y excesivamente artificial”. Nacido el veinte de enero de 1920 en Rímini, Fellini es uno de los sinónimos del cine del siglo XX. De aquel que ya no será, porque las butacas rechinan menos, escasea la avidez por el gesto estético y se marchita la ilusión con que en el cine vivíamos experiencias transformadoras. Queda en la memoria emotiva aquella ceremonia ritual. Y esta nostalgia.

Walter Szumilo

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