Cuando se le tiñeron los rizos de ceniza, en el cenit de su prolífica carrera, el polifacético compositor Johann Sebastian Mastropiero cayó en la cuenta de lo ventajoso que resultaría contar alguna vez con un biógrafo oficial. 

Por Walter Szumilo

 

Asumiéndose un controvertido personaje, imaginó que no estaría de más transmitir sin filtros sus vivencias a un personero fiel, capaz de narrarlas con maestría en foros, conferencias, kermesses y fogones. Evitaría así, razonó con toda lógica, la concreta posibilidad de ser vituperado (dos veces tuperado) por ciertas zonas grises en las que ejerció su genio excéntrico. Ex-céntrico desde que se mudó a una humilde barriada de la periferia. Hallar a aquel inseparable escudero se convirtió en su obsesión. “Su voz deberá tener la profundidad del trueno”, anotó al margen de la hoja pentagramada en la que escribía las “Cuatro estaciones de Mastropiero”, suite ferroviaria inspirada en su aleatorio tránsito por Retiro, Constitución, Plaza Once y La Plata.Hallar a aquel inseparable escudero se convirtió en su obsesión. “Su voz deberá tener la profundidad del trueno”, anotó al margen de la hoja pentagramada en la que escribía las “Cuatro estaciones de Mastropiero”, suite ferroviaria inspirada en su aleatorio tránsito por Retiro, Constitución, Plaza Once y La Plata.

La veneración por el buen uso de la lengua debía ser otra condición a acreditar por un buen biógrafo. Un aviso clasificado que Mastropiero publicara en diversas gacetas arroja luz sobre el concepto. “El buen uso de la lengua permitirá, en la mayoría de los casos, alcanzar excelsos resultados en la cata de vinos o helados”, escribió. “Mal usa la lengua quien lambe un limón”, juzgó del mismo modo, para legar finalmente una sabia sentencia: “En dicho caso, el mal uso, ha sido ‘ab-uso’. O lo que es lo mismo, ha sido ácido”.

Enfrascado en la búsqueda, sin que nadie llegara para ayudar a destapar el frasco, Mastropiero enlistó otras necesarias virtudes que sería conveniente portara quien fuese llamado a convertir en hecho su deseo de permanecer en la memoria del público. “Un ideal ladero con ingenio de ingeniero; prestancia y devolvencia; refinado y afinado, afirmado; jocoso en el jolgorio, la jarana y el jaleo; ocurrente de ocurrencias”, enumeró en su cuaderno de apuntes. “Que no tenga un pelo de zonzo. Si necesario fuera, que no tenga un pelo”, agregó como posdata. Merced a rigurosas exigencias académicas y creativas, ya avanzado en edad, Mastropiero dejó caer en el olvido aquel aspiracional decálogo de virtudes. Lo que dejó caer, en rigor de verdad, fue el ya referido cuaderno de anotaciones. Se le cayó, cuando ‘olvidó’ que la dama a la que cortejaba con una serenata, no era sino la esposa de Montgomery Hells, campeón invicto en peso completo. Y boxeador celoso…

Entre Lamentos y Resignación, calles que delimitaran la cuadra en la que compuso algunas de sus más celebradas obras, Johann Sebastian Mastropiero creyó que su legado musical sería finalmente de tranco corto. “Si la memoria no muerde, tal vez algún amigo se acuerde”, se despachó no obstante, casi en voz de ruego, en la milonga “Corcheas y amistad” de la que compuso letra y música. 

Quienes disfrutaron como contemporáneos de los prodigios artísticos y humanos de Mastropiero temieron, de igual modo, que nadie asumiera la misión de trasvasar de generación en generación el inventario aventurero de tan insigne personalidad del arte sonoro. A uno y a otros les hubiera gustado saber de este otro gran hombre. Verlo salir a la conquista del micrófono, abrir la carpeta roja, ajustarse el corbatín para invocar con su clan a la risa estentórea, desplegar una reverencia y sonreír satisfecho detrás del telón. Los aplausos sonando un largo rato.

Si recónditamente hubiesen podido imaginar este rito, por años originalmente repetido, les hubiera dolido un poco - una de cal, una de arena- que semejante ceremonia se quede sin Maestro. 

A la memoria del enorme Marcos Mundstock (25 de mayo de 1942 - 22 de abril de 2020)

Por Walter Szumilo

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