Enmadejados en la estridencia de un mundo complejo, lo vemos meter la mano en un bolsillo del pantalón. Desdobla un papelito. De él lee. No recita un tratado sociológico. Habla de fuegos, abrazos, espejos y amores. Habla de lo que importa. Estira las vocales finales de su decir pausado y revalida con honores su papel de cronista del sentido común. Por un momento, hace que no parezca el menos común de los sentidos.

Por Walter Szumilo

 

De su voz honda y suave escuchamos acerca de la América acéfala y del salvajismo imperial. Oímos también de luchas heroicas en tierra de los nadies, confín dolorosamente próximo en que las vidas cotizan menos que la bala que las mata.

Nos miramos dolidos. Aquella voz gastada, la que tanto decía y tan claro, es ahora su eco. Nos quedan, por cierto, los libros. Es algo. Es mucho. Si sirve de consuelo, seremos huérfanos a medias.

Montevideano del '40, Galeano vivió su infancia en un hogar católico de clase media. Fue obrero de una fábrica de insecticidas, pintor de carteles, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco. En paralelo, tras estampar a los 13 el seudónimo 'Gius' en la primera caricatura que le publicó el periódico socialista El Sol, encausó su vocación de periodista y escritor. Participó de las publicaciones uruguayas Marcha y Época y de la argentina Crisis. Tras el exilio, que lo arrancara sucesivamente de las dos riberas del Plata, volvió a tierra charrúa en 1985, para comandar el periódico Brecha y con el tiempo dar forma a su editorial Del Chanchito y transformarse en una de las apreciadas plumas de Pagina 12. Edificó ficciones y ensayos, que seguirán inspirando a otras generaciones. ¿Qué decir que no haya sido dicho?

Nos anima la ilusión de cruzar algún día el charco y entrar al Café Brasilero de la ciudad vieja. Ya no estará ahí, pero de algún modo no faltará. Fue en los cafés, aseguró, donde aprendió el arte de vivir y el oficio de narrar. Dichoso quien pudiera contagiarse de lo primero.

Y probablemente, al sentarnos viendo a la calle, nos asalten las ganas de leer. De tener más tiempo para ganarlo perdiéndolo. De ser mejores seres humanos. Meras excusas para encontrar refugio ante esta sensación de ausencia.

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