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Coloquial, en esa clase de entrevistas para paladear que regalan tipos de charla fascinante, Nine reveló una vez cómo se topó con las cuatro palabras que mejor definen su quehacer. La autoría de la definición no fue de un crítico, sino de una adolescente que se refugió en el Centro Cultural Recoleta, probablemente para disimular una tarde de 'rabona'. "Vos dibujás en lunfardo", escribió en un cuadernito habilitado para compartir impresiones acerca de la obra expuesta.

Por Walter Szumilo

"Fue la mejor definición de lo que es mi trabajo", remarcó en ese guiño en video el hombre que en los '80 despuntó ilustrando numerosas portadas de la revista Humor. Hablaba de 'trabajo' cuando hablaba de arte y se justificaba observando que su modus vivendi era el de procurar cargar de sentido a las imágenes, para que funcionen y -poco, algo o mucho- conmuevan.

De su virtuoso contrabando de técnicas, de su empeño por correr riesgos, cobró vida una legión de alucinantes y sui géneris criaturas híbridas, imbuidas de un halo de melancolía y dramatismo que sólo puede volcar en su obra quien no cerró los ojos ante lo hermoso y lo terrible.

Más de treinta años antes de su exitoso coqueteo con la plástica y la narrativa gráfica (dos de sus chicas guapas), el escaparate de la zapatería de su padre violinista, en Haedo, había alojado su muestra primigenia. Tenía entonces siete años y a la sorpresa por la decisión paternal inconsulta le siguió -vecinas fans mediante- un orgullo cercano al llanto.

Es que, como también dijo alguna vez, fue siempre mucho más permeable al juicio de la gente 'común' que al de los popes de la galería. Lo movilizaba la opinión desprejuiciada de quienes, sin filtro, simplemente reaccionaban frente a su obra.

Prolífico, produjo pinturas, esculturas, ilustraciones, cómics y cine de animación que recorrieron el mundo de Brasil a Hong Kong, de Estados Unidos a Italia, de Alemania a Taiwán.

Como autor, publicó en París volúmenes como Fantagas y Oh merde, les lapins..., a los que sumó títulos varios editados en Buenos Aires y otras distantes ciudades del mundo.

Ilustró además las primeras ediciones de Crónicas del Ángel Gris y El Libro del Fantasma, del 'Negro' Dolina, además de varios libros infantiles. Y prestigió con su firma diarios y revistas como Sur, Fierro, Clarín, La Nación, Noticias, Playboy, Le Monde, Art Spiegelman, The New Yorker y The New York Times.

Junto al reconocimiento del público, sumó varios otros, como el máximo galardón que otorgan a los ilustradores los Clio Awards de Nueva York, o los premios estelares de Caran D'Ache (Roma) y el Festival de Cómics de Angouleme (Francia). Recibió además, en 2012, el Kónex de Platino al más destacado ilustrador argentino de la década.
Al insolente julio que se lo llevó, lo burla una obra imperecedera. El frondoso catálogo incluye, por acierto de 'Menchi' Sábat, una cotidiana presencia en la línea H del subte porteño, que preside el túnel en el que se esfuman los trenes que dejan la estación Venezuela.

En su casa taller de Olivos -esa que con lógica de hacedor ideó y ejecutó antes de habitar- quedó probablemente uno de sus libros más importantes: otro cuaderno (más corpulento que aquel de Recoleta), en el que coleccionaba con avidez los recortes de sus propios 'garabatos', esos 'dibujitos' que hacía 'mientras pensaba en otra cosa'.
Era el manual al que acudía cuando creía tener alguna dificultad de expresión, su propio diccionario, del que brotaron las voces dibujadas que desde ahora miraremos con nostalgia.