Supo revelar el trascendente mundo de seres aparentemente ordinarios. Puso en pantalla, navegando en los insondables misterios del alma, a cajeras de supermercado, pacientes psiquiátricos, prostitutas y poetas bohemios. Y a cada uno de nosotros.

Por Walter Szumilo -  Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Eliseo Subiela murió el año pasado, el día de Navidad, cuarenta y ocho horas antes de cumplir 72 años. Desde la adolescencia había asumido que lo suyo era el cine. La vocación sacó patente en los albores de los '60, cuando en la sala del Lorraine, en calle Corrientes, descubrió la Nouvelle Vague y se familiarizó con los grandes de la Escuela Polaca.

Su primer corto, Un largo silencio (1963), documentó la vida en el Borda. Nueve meses de visita diaria al siempre ruinoso neuropsiquiátrico lo impregnaron del olor a sopa hospitalaria. También abonaron la maduración de una poética surrealista que más tarde hablaría del suburbio (incluso del geográfico), de los cafés porteños, de una cama a la deriva en el pardo Río de la Plata, de la máquina de grabar los sueños y de un Cristo lunfardo, hastiado de su cruz.

En 1980, el público pudo conocer La Conquista del Paraíso, su primer largo estrenado. Pero fue con Hombre Mirando al Sudeste y el alrededor del millón de espectadores que se estremecieron con las crudas verdades del enigmático Rantés, que su nombre se inscribió entre los de los consagrados.

Llegó luego Últimas Imágenes del Naufragio, para el grueso de la crítica su mejor película; la más premiada, si algo representara el dato. Paradójicamente, se cortaron en este caso no mucho más de 80 mil entradas, de un casi idéntico número de espectadores atormentados por una atmósfera tan sórdida como pavorosamente familiar.

El Lado Oscuro del Corazón, redentora en taquilla, se convirtió en algo así como un hit, abriendo a una generación las puertas a Girondo, Benedetti y Gelman. El jueves del estreno, recordó alguna vez Subiela, un acomodador del América vaticinó que el filme permanecería en cartel 13 semanas. Al cumplimiento del vaticinio se le suma una curiosidad: hasta hace poco y desde su estreno en 1992, en el cine Alberdi de Barcelona la película seguía proyectándose a diario en la función AM de 1:30.

En días de la post-producción catalana de No te Mueras sin Decirme Adónde Vas (1995), sarcástico destino, llegó el infarto y a corazón abierto el implante de un triple bypass.

El incidente representaría sólo un respiro entre aquellos filmes y los sucesivos -únicos, varios y valiosos-, sumándose a un emblemático reconocimiento de la Fundación Konex, la declaración de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa, la membresía honoraria de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y una beca de la Fundación Guggenheim.

Todas prendas a las que de sobra honró en el cine, lugar al que definió alguna vez como aquel en el que los adultos "confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento". O como "sedes diplomáticas universales, a las que los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños".

 

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