Imprimir 

Por Alejandro Fontenla

 

Una casualidad me llevó a pensar en Sarmiento, y acercarme de nuevo a su figura. Recorriendo un estante de la biblioteca, me detuve en el capítulo que Martínez Estrada le dedica, publicado en la “Historia de la literatura argentina” dirigida por Rafael Arrieta. Toda la inteligencia, profundidad y refinamiento de Martínez Estrada para caracterizar a “Sarmiento escritor”, tanto en los méritos como en las dramáticas limitaciones del sanjuanino. Si retengo de la bibliografía el adjetivo más frecuente que refiere al prócer es “coloso”. Así como en su iconografía predomina el rostro añoso y adusto, el mismo que se trasladó a los libros escolares y a la numismática. Sin embargo Martínez Estrada abre una puerta para mirar al hombre de cuerpo y alma, que me gustaría seguir en esta nota.

Lo primero que me inclino a repasar es la índole compleja y contradictoria de su formación cultural, “que tiene los mismos estigmas que caracterizan la incultura”, según opinó Paul Groussac. Las primeras lecturas a las que accedió Sarmiento fueron las que pudo encontrar en las escasas bibliotecas de San Juan. Ese nutrido desorden se acentuó en su estadía en Chile, a donde llega siendo un joven de dieciséis años. En el transcurso de una década aprende idiomas, enseña a los mineros de Copiapó, donde él es uno más, y ensaya sus primeras traducciones. Con todo, su saber diversificado y prolífico no lograba ordenarse, salvo por el “cable a tierra” que para él fue siempre la educación del pueblo.

El cambio se produjo al volver a San Juan en 1837. Su amigo Manuel Quiroga Rosas, integrante del Salón Literario, que reunía en Buenos Aires a los principales intelectuales del país, lo pone al tanto de ese movimiento y le facilita las lecturas necesarias: Jouffroi, Guizot, Cousin, Pierre Leroux. Ahora cuenta con los parámetros adecuados, sobre los cuales agrega su impronta original y la altura de sus búsquedas, concretadas y expresadas, junto también con sus improvisaciones metodológicas, en la escritura de Facundo (1845).

Como apunta Martínez Estrada, “sus credenciales de capacidad no acreditaban parentesco de sangre con sus conmilitones, y siempre fue un francotirador sin escuela ni partido”. Sarmiento era consciente de esa debilidad de origen, sobre todo ante quienes debió confrontar: Godoy, Alberdi, Alsina, Mitre, pero tampoco dudó de su talento que lo hacía superior a ellos.

Otra interesante línea de su personalidad era el sino de lo inconcluso, el de no terminar lo que emprende, envuelto en una deriva constante de escritos, polémicas, adversidades de todo tipo, cargos públicos, viajes, avatares de su vida personal, honores y destituciones, batallar desde la tribuna que tuviera a mano. Él mismo da una trágica impresión de su destino, si bien a veces encubierta en la amplificación: “…pues en mi vida tan destituida, tan contraria- da y sin embargo tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sur, agitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por desplegar las alas…” etc.

Sobre su acción política no podemos detenernos aquí. Solo destaco un aspecto, que para mí resuena en la actualidad: cuando llegó a la Presidencia, en 1868, solo pudo aplicar parcialmente su programa, dado que los mismos electores que lo habían ungido le negaron en el parlamento leyes fundamentales relativas al agro, la minería y el mestizaje de ganado, lo que motivó su célebre anatema: “la bosta gobierna la Argentina”. No sorprende que en 1883 Sarmiento dudara del futuro de la Argentina: “¿Estamos mejor? Más bien parece que volvemos atrás”, escribía.

Precisamente el final de su vida es conmovedor. Cuando concluye su mandato presidencial ingresa en una espiral de frustraciones: un cargo de Inspector de Escuelas que es poco para él, enérgicas denuncias en el Senado y en la prensa contra el capital financiero que, al no contar con apoyo suficiente, caen en el vacío. Y finalmente al escribir Conflicto y armonías de las razas en América, para recuperar la altura intelectual de Facundo, tampoco lo logra. Resulta un libro confuso, débil en sus propósitos, y en el cual, al decir de Martínez Estrada, “el cúmulo de su saber desorganizado se abate sobre él”.

¿Cómo establecer un juicio de valor sobre el significado de su trayectoria? De inmediato aparecen aspectos que cuesta defender. Su obsesión por construir una gran nación capitalista según los moldes europeos lo llevó a un exclusivismo social extremo. Desde su banca de senador por San Juan, en 1875, afirmó: “Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota”. No es la única de sus frases tristemente célebres.

Al mismo tiempo, su odio al caudillo, cuyo carisma provocaba una adhesión irracional, en lugar de un gobierno ilustrado que empleara la razón, lo llevó al fanatismo de querer borrar del mapa a gauchos e indios, y eliminar a sus jefes. Cuando Mitre desata la ofensiva contra líderes federales, provocando los asesinatos de Nazario Benavidez y José Antonio Virasoro, las justificaciones de Sarmiento dejan dudas. Poco después, y ocupando Sarmiento la gobernación de San Juan, es asesinado en La Rioja Angel Vicente Peñaloza, y su cabeza exhibida en una pica. Sarmiento negó responsabilidad, sin embargo fue acusado públicamente por Olegario Andrade y José Hernández.

Son aspectos sombríos. Así como es innegable que sus leyes de educación, bibliotecas populares, y fomento a la prensa lograron que a mediados del siglo XX la Argentina gozara los más altos índices de alfabetización y escolari- dad del continente. Sus mejores libros, Facundo, Viajes, De la Educación Popular, Recuerdos de Provincia y Vida de Dominguito fueron insuperables en su época y aún hoy se disfrutan. En los que no obedecen a un imperativo político inmediato, asoma el hombre alborozado ante lo novedoso, que rápidamente traduce su “inteligencia luminosa y sonora” (Viajes), así como el adulto que reivindica la sencillez de su origen y resiente no haber hecho en su niñez bailar un trompo ni rebotar una pelota (Recuerdos de provincia).

Sus errores fueron muchos y graves, sin embargo no alcanzan a opacar la luz que irradia su nombre. Para recuperar esa luz, sostiene Martínez Estrada con expresión cervantina, “bastó la victoria de su primera salida”.

 

Por Alejandro Fontenla