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Cuentos para resistir.-

Miguel Mirra - Editorial Leviatán

Por Andrea Beltramo

De otro tiempo, de otro lugar que viene de lejos, al que aún no se ha llegado. Una cadencia que se siente en el cuerpo, ahí nomás, en la próxima estación. ¿Será que se hizo costumbre el sentimiento?, tantas veces el mismo tren, con su tiempo acompasado, se habrá detenido en los mismos andenes para confirmar que todo sigue ahí. El personaje no distingue, no sabe, si la historia avanza o retrocede. 

Pero está impelido a asomarse, bajarse del vagón es el gesto y también la decisión de hacerse cargo. “Viajaremos hasta los límites de la memoria para convertirnos en sombras de la historia”, escribe Mirra, que dice Mica, protagonista femenina que, junto a Fina y Alicia, va a iniciar un recorrido hecho de fragmentos, de tiempos propios y ajenos. Tiempos que interrumpen la cadencia inicial para dar lugar a un pulso fuerte y acelerado. Un pizzicato que haga golpear las cuerdas en la madera. Sin pausas, sin quejas, no hay tiempo, tampoco urgencia, hay que seguir. No urge, pero hay que seguir. La historia avanza, la de Mica y las otras, las que van a venir.

En cada cuento, para cada personaje. La historia se mueve y se deforma, al límite de estallar, hay que leer con prisa, porque se escapa, dos hombres están escapando. Viajan a pie entre campo y ganado. No pueden detenerse, tienen que llegar a la frontera. Están cansados, todo cansa, la hermana que espera para dar asilo y ayuda, el teléfono que suena justo antes de jugarse la vida, el vértigo de perderlo todo. La prisa por llegar a tiempo. Han matado a Tata Dios, lo fusilaron.

Desapareció Arrechea, se fue sin dejar rastro ni huellas. Parece que fue el puestero, es una hipótesis. Aparece una libreta, contiene el misterio, pero también una historia, ¿o es la historia que se adueña de aquellas notas? Nadie sabe, quizás el francés Bagolle fue la invención de una tarde, una excusa, para cruzar el Río Colorado.

Corte.
Silencio.

 

Ha terminado el allegro y comienza un movimiento lento. “El río corre, manso, aguas abajo, sin prisa. El monte se recuesta sobre el cauce y parece descansar en la corriente. El viejo, acuclillado en la costa, lía un armado de tabaco rubio”. Un cineasta tiene el saber para contar historias. No cambies nada de este final, le digo, donde todo se desborda, por favor. Las actrices, los fantasmas, los personajes, la ciudad. Todo se vuelve espectral. Los cuentos de Mirra, su forma de escribir, adquieren la forma de un dispositivo narrativo que opera en varias direcciones y articula un homenaje al cine en su dimensión fantasmal, al teatro en su única dimensión, el presente, y activan la memoria acumulada en los cuerpos, reconstruida de a cachos, como mordiendo banquina. 

Sacar la naftalina, iluminar el archivo oscurecido por la Historia. Cada personaje es reconocible en el cotidiano de toda persona que lea cualquiera de los cuentos que forman este libro. Las cosas suceden con dinamismo, con descripciones de planos de unas geografías ya vistas, sin embargo, también desconocidas. Como llegar a un tiempo paralelo, casi onírico.

Con el detalle de esos sueños que quedan grabados en la memoria junto a la sensación de haber estado ahí. Un recorte silencioso del cotidiano sin nostalgia. Despojado. Un espacio vacío que contiene la vida entera, la vida misma en una soga, que es una línea, que remite al tiempo. Donde ni el mundo narrado es tan diferente del conocido, ni
está tan lejos del pasado. De alguna forma, todos los tiempos reclaman lo mismo a los pueblos que luchan.


Cada elipsis se presenta para que avance la acción, aunque se vuelva atrás a buscar algo. Luego se acelera hacia adelante. También los desplazamientos funcionan en direcciones dinámicas, sin obstáculos, como variaciones que alteran el ritmo y la armonía de una sinfonía. Mirra construye una arquitectura compleja, sofisticada, acerca del tiempo. Pero se aleja de la solemnidad sentenciosa, su escritura tiene el tono inocente de las historias de aventuras de infancia, con la precisión de una costurera revisando sus puntadas.

Al viejo que fumaba en el borde del río lo acompaña un pibe joven que lo escucha contar lo que sabe, como un secreto de pueblo chico, de barrio.

Aquello que todos saben, pero se ha ido olvidando. Aquello que llega al presente a trote de otro tiempo, un montaje de voces que transformaron la trama y multiplicaron los detalles, en fecha improbables, que otros dijeron, que son rumores, que uno vio lo que la otra dice que pasó. Y, a la vez Mirra, dibuja un escenario donde se toma mate en una nave espacial en viaje y los tripulantes deciden abrazar la insurrección y la resistencia antes de volver a la tierra.

El recurso de la ciencia ficción, planos que superponen diversas temporalidades, fuera del tiempo presente-lineal-real, una forma de realismo mágico que también aparece
en las primeras películas de Mirra, esa manera de poner luz donde habitan los fantasmas. Pero con materialidades cercanas, de la vida ordinaria. En ese sentido, la escritura de Mirra no construye distopías superficiales, sino que va al hueso de lo que muy iluminado se vacía de sentido y tan oscurecido por los discursos queda oculto. Es un tipo de luz desde las sombras, con el subtexto del amor como refugio, donde todo puede pasar, una transparencia honesta, cotidiana, cercana y profundamente radical en su acción política.

Andrea Beltramo