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Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas.

(Paidós, 2019)

 

En su último ensayo titulado Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, Eva Illouz y Edgar Cabanas denuncian el mandato de ser feliz a todo precio. 

“No dejes nunca, a nadie, decirte que no podrás lograrlo. Si tienes un sueño, protégelo. Si quieres algo, haz lo que sea para conseguirlo. Punto”, le dice Chris Gardner (Will Smith) a su hijo de 5 años en el film En búsqueda de la felicidad (The pursuit of happyness, 2006). Abarrotado de deudas, afroamericano en el país de los cowboys, ya casi sin dinero para pagar la renta en los convulsionados años ‘80, lucha para no hundirse en la pobreza junto a su esposa mientras intenta terminar sus estudios. El presidente del mundo es Ronald Reagan, quien anuncia por televisión que Estados Unidos va económicamente mal, muy mal.

A Gardner finalmente lo deja su esposa y es expulsado de su modesto departamento por falta de pago. Se vuelve un homeless* más que pasa sus noches en un albergue.

Sabe que pronto tampoco podrá darle a su hijo de comer, ni un techo ni vestirlo. Pero no. El, no. El es diferente al resto. Obstinado, talentoso, persigue sus sueños y ya lo dijo antes, no para hasta lograrlos. De modo que primero consigue un pequeño trabajo, después otro a medio tiempo, acumula horas de fatiga mientras sigue estudiando.

Resiste, demostrando una firme resiliencia a lo que le propone la vida. Hasta que un día, por obra y gracia de él mismo, logra una pasantía en la empresa de sus sueños, aunque tendrá que pelear contra otros 19 candidatos para conseguir el ansiado puesto fijo. Varias escenas más tarde, el happy ending a la estadounidense: lo vemos finalmente recibido, con trabajo en la empresa soñada y un futuro prometedor junto a su hijo. “Esto es la felicidad“, dice, segundos antes del fin. Además de caracterizar las peculiaridades de la cultura norteamericana, el film designa uno de los rasgos distintivos de sus horizontes políticos. El país del norte se ha encargado históricamente de exportar y difundir la aspiración del self-help, la autoayuda. Desde lo alto de sus esferas políticas pero también con la potencia de su industria cultural, organizando congresos y seminarios, cargando las agendas mediáticas de hombres de negocios, fundaciones, universidades, economistas o incluso celebridades que defienden el ideal.

Sin embargo, fue en el último tramo del siglo XX que se dio el llamativo fenómeno de la psicología aportando a la causa.

Cuando en 1987, Margareth Tatcher enuncia su sintomática y célebre frase de que “No existe algo que podamos denominar sociedad”, inspirándose en Friedrich Hayek, lo que en realidad no está diciendo es que si no hay sociedades, hay tan solo individuos. Por lo tanto, el verdadero quiebre data de los años ‘80, marcados por la llegada a nivel planetario del neoliberalismo y su ideología individualista.

Con el tiempo, el american way of Life dejó de ser un patrimonio exclusivo de los Estados Unidos para volverse un modelo expandido a todo el mundo. La socióloga Eva Illouz (1961, Fez), considera que “Lo más alarmante del caso es que años después, esta manera americana de vivir comenzó a trabajar codo a codo con la ciencia, vía la llamada psicología positiva”. Cuando en 1998 Martin Seligman llega a la presidencia de la Asociación Americana de Psicología (APA), lo hace con críticas hacia la línea histórica que tenía la disciplina con su vertiente psicoanalítica. Seligman afirmaba que se había tomado el camino equivocado, al focalizarse demasiado en las patologías y el sufrimiento.Se propuso entonces como objetivo refundar la ciencia. Para lograrlo planteó una nueva dirección: centrarse en la felicidad y sobre cómo el individuo podría desarrollar él mismo las emociones positivas. Seligman inauguró de esta manera el novedoso encuentro entre la psicología positiva y la esfera económica, en pleno boom mundial del neoliberalismo. Si en las sociedades capitalistas neoliberales, con la meritocracia como bandera, el éxito económico depende de uno mismo, la novedad del discurso acaparado por la psicología positiva afirma que nosotros mismos podemos crear nuestro éxito psíquico, por lo tanto, nuestra felicidad.

“Este mantra creado por Seligman y los apóstoles de la psicología positiva llegó para responsabilizar a los individuos, algo que hasta ahora era considerado por la psicología como algo que era determinado, por lo tanto se invierte la ecuación. Si Freud decía que el YO estaba estructurado por un inconsciente responsable de nuestro comportamiento o si desde la sociología nos han enseñando que estamos determinados por nuestro entorno socioeconómico, a partir de los años 80 hubo un cambio ampliado por el neoliberalismo y su cultura. En términos económicos esto consistió en decir que las comunidades no eran responsables de ellas mismas ni los Estados de los individuos, sino que el individuo es el único responsable de la vicisitudes de su propia vida. En términos psíquicos, equivale a decir que si el individuo no es feliz es porque está haciendo algo mal, o no está haciendo suficientemente bien lo que hace bien".

Illouz junto al doctor en psicología Edgar Cabanas (Madrid, 1985), en su libro "Happycracia"denuncian el resultado de años de psicología positiva: la idea de ser feliz a todo precio, sin ayuda de nadie ni nada, más que las que uno mismo podría autoproporcionarse. Vendida por coachs, libros de autoayuda, aplicaciones telefónicas o terapias, la búsqueda perpetua de la felicidad sería sobre todo la de una industria y una visión individualista de la sociedad. “El consumo de estos bienes psicológicos nos lleva a la autorrealización de ese mandato social y moral que nos conduce a buscar la felicidad en todos los ámbitos de la vida, siempre”, afirma Cabanas. Según los autores, a través de la mercantilización de las emociones el capitalismo afectivo lleva a la hiper individualización del sujeto. Existiría entonces una sobreresponsabilizacion de individuo, quien termina siendo víctima de un círculo vicioso : cuanto menos feliz es, aún más necesita consumir para alcanzar el ideal de la felicidad. De allí que caractericen al ciudadano del siglo XXI como “happycondríaco”,  marcado por el sentimiento de una ausencia crónica de algo, que en este caso sería el hecho de ser feliz.

Pero además, como explica Illouz, el riesgo de dejar de lado los llamados “sentimientos negativos” como la ira o el miedo es inmenso, porque se trata de emociones ambivalentes : “el odio puede ayudar a levantarse contra la opresión y la injusticia, la ausencia de reconocimiento contra todo tipo de desprecio social o de negación de la persona. Se trata de emociones que son tan favorables o desfavorables como el amor o la compasión para formar personas y crear cohesiones sociales”.

A la pregunta sobre cuál cree que debería ser el lugar de la felicidad en nuestras vidas, Cabanas responde con convicción que “si gastamos tanta energía en defender la justicia o el conocimiento, la sociedad funcionaría mejor. Si compartimos los mismos problemas, deberíamos compartir las soluciones. Más vale que construyamos una versión mejor de nuestra sociedad que una versión mejor de nosotros mismos”.

En este caso podríamos decir que cualquier diferencia con el ideal de Chris Gardner, no es pura coincidencia.

Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (Paidós, 2019) 

Las expresiones volcadas en este artículo se han extraído del libro de los autores y de una entrevista realizada a Edgar Cabanas por el cotidiano Le Figaro : Sevan, R. (14 de septiembre, 2018), Madame Figaro, "Happycratie", l'essai qui dénonce la tyrannie du bonheur", figaro.fr.

 

Por Julián Sergnese, Periodista.

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