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Durante la octava Exposición Impresionista, en 1886, se expuso un cuadro llamativo, a la vez ingenuo y enigmático: Un domingo por la tarde en la isla de la Grande Jatte, de Georges Seurat.

La isla de la Grande Jatte, hoy totalmente edificada y dominada por la arquitectura moderna, a fines del siglo XIX era un suburbio cercano a París, dividido por un canal del Sena. Una de sus márgenes era una zona residencial, y en la opuesta abundaban talleres y fábricas. Por su pequeñez, la isla fue dejada “en estado natural”, utilizada como paseo público por ambos sectores sociales.

Pese a su detallismo en las vestimentas y actitudes, a Seurat no parece interesarle el comentario social, sino más bien el tema de la nueva configuración pública del ocio en la sociedad industrial. Como muchos pintores parisinos, Seurat se sintió atraído por los suburbios y su peculiar combinación de imágenes industriales y campestres. Uno de los mayores analistas de esta obra, Witold Rybczynskyi (Esperando el fin de semana, Emecé, 1992), detalla exhaustivamente el cuadro, describiendo su técnica, los personajes que lo habitan, los alcances de su narrativa, y una característica particular: “un sentido del movimiento estático y, sin embargo, está marcadamente implícito que el observador moderno siente hallarse frente a una película en cámara lenta, donde la acción se desarrolla imperceptible mente, fotograma a fotograma”.

Cuando se expuso, el cuadro de Seurat provocó opiniones contrapuestas, en general, bastante simples y de algún modo desorientadas. Sin embargo John Russell escribió: “El Grande Jatte es uno de esos cuadros magníficos en los que todas las generaciones encuentran un significado”.

El paseo público retratado por Seurat es una mezcla de sexos y clases que ha ido a disfrutar una tarde de domingo en el parque. “Sin embargo –afirma Rybczynski-, o quizás debido a esta convivencia democrática, los individuos parecen ignorarse entre sí, ya que se los ve concentrados en fantasías individuales. Están todos juntos, y a pesar de todo, separados.” 

Este es el punto central, y es aquí donde nos habilita la afirmación de Russell, permitiéndonos interpretar el cuadro desde el hoy. Por supuesto el texto de Witold Rybczynski, puede ponerse en línea con otros investigadores que trabajan los signos de la modernidad, como Marshall Berman (“en las últimas tres décadas en todo el mundo se ha derrochado una gran cantidad de energía en explorar y desentrañar los significados de la modernidad”), o el mismo Baudelaire, contemporáneo de Seurat, “que hizo más que nadie en el siglo XIX porque los hombres y mujeres de su siglo tomaran conciencia de sí mismos como modernos”. El lúcido, sensible y desgarrado Baudelaire, que lo intentó con desolada pasión en sus poemas y en sus textos en prosa, y a quien la mirada efímera de una mujer que pasara y lo mirara un solo segundo, era “bastante para enloquecerme, dejarme lívido, paralizado y confundido, sin saber mi suerte”.

Siempre el aislamiento, siempre la incomunicación. Pero donde me siento más inclinado a relacionar el cuadro de Seurat y la exégesis de su analista ya citado, es con el trabajo del psicoanalista italiano Luigi Zoja, cuyo libro titula, con redonda contundencia, La muerte del prójimo (Buenos Aires, FCE, 2015).

La etimología griega de prójimo, comenta Zoja, no aludía a un abstracto sino a “tu” prójimo, el que está cerca de ti, aquel sobre quien puedes apoyar tu mano. “Hoy en día quien sube a un tren –“arranca” Luigi Zoja-, no tiene prójimo en el sentido más literal: todavía siente que los hombres viven de afecto, pero solo sabe demostrárselo a un ser lejano, gritando en el celular y molestando a quienes están cerca”. Y cabe el término “arranca”, dado que en su viaje el autor describe in crescendo la distancia y las relaciones mediadas de la técnica, por lo cual la búsqueda de la intimidad “reaparece en formas tortuosas”.

El terrible grito de Nietzsche que conmovió al mundo a fines del siglo XIX, “Dios ha muerto” tuvo una larga secuela, y los tiempos que siguieron a “la muerte de Dios” fueron llamados posreligiosos. Para el tiempo presente, finaliza Luigi Zoja, todavía no se ha encontrado un nombre. Una posibilidad desagradable sería “posthumano”. Los personajes del cuadro de Seurat viven concentrados en sus fantasías individuales. Los pasajeros del compartimento del tren en el que viaja Luigi Zoja de Zúrich a Milán, ni se miran ni se hablan, enfrascados en sus celulares.

Por mi parte, a la vista de la vertiginosa evolución de la civilización tecnológica, solo me cabe recordar la libertad física y emocional, la cercanía del otro que, cuando se daba, era de verdad, sin la prisión ni la presión de aparatos técnicos. Recordar el aire abierto y ventilado que envolvía nuestra vida en el viejo planeta Tierra.

 

Alejandro Fontenla