Una necesaria recuperación del filósofo de la libertad, a treinta y siete años de su muerte. En vida luchó por concretar sus tres pasiones fundamentales: la especulación teórica, la ética, y la participación política en aras de un mundo más justo e igualitario.

por Alejandro Fontenla 

La reciente novela de Tomás Abraham, “La dificultad”,  que expresa la devoción de su autor por la figura de Sartre, me llevó a revisar  –gracias a internet-  la película “Sartre por el mismo” (1976), de Alexander Astrut y Michel Contac, cuya versión en libro leí en los momentos de su aparición en Buenos Aires, publicada por Losada, a fines de los años setenta.

Este nuevo contacto con Jean Paul Sartre fue, en principio, emotivo, como reencontrar a  un viejo amigo, desaparecido hace tiempo, que  emerge de  una caja de fotos antiguas. Pero esa sensación inicial dio paso a la atracción intacta que irradia su obra.

Sartre experimentó, quizás como ningún otro pensador del siglo XX, la problemática del doble acoso: por un lado el estudio riguroso y crítico de la tradición filosófica, en los límites de la teoría, y por otro lado la pasión por el contexto, lo que Husserl, uno de sus maestros, llamaba “el mundo concreto de la vida” (die Lebenswelt), y que  llevó a Sartre no sólo a dar respuestas en su sistema  teórico sino también a salir a las calles, a  plantearse la actuación pública en el plano de la militancia cultural.

En la primera de las tres etapas de su obra, constituida por  “La trascendencia del ego” y  “Bosquejo de una teoría de las emociones”,  afirma que las emociones no surgen de la interioridad del individuo sino que resultan de su experiencia del mundo, con lo  cual toma distancia del idealismo y el cientificismo. Su segundo esfuerzo estará destinado  a articular los conceptos de  conciencia e intencionalidad, por lo que sigue intentando vincular los procesos psicológicos con la realidad objetiva. La definición de estas hipótesis cobra una fuerza decisiva en “El ser y la nada”, su obra capital, núcleo de la segunda etapa de su producción, fruto de las notas tomadas de la  lectura de “Ser y tiempo”, de Martín Heidegger, mientras estuvo prisionero del ejército alemán, en l940.

En esta obra, que le dio celebridad universal, Sartre articula las nociones de conciencia, intencionalidad y libertad. La intencionalidad, idea tomada de la fenomenología de Husserl, le permite explicar la conciencia no como algo  “en sí” sino “para sí, para algo”, y este ejercicio direccional de la conciencia es la raíz de la libertad. La libertad es para Sartre la condición que fundamenta el poder del hombre de elegir, rechazar o interpretar el mundo. Más allá de la sutileza teórica, Sartre está convocando a un hombre que se resitué  ante la realidad, a partir de la responsabilidad  y libertad de sus elecciones.

A todo esto, promediando 1945, Sartre es un escritor famoso también por sus novelas, la trilogía “Los caminos de la libertad” y  “La náusea”, además  de sus obras de teatro, que expresan el malestar de la sociedad contemporánea. Abandona por lo tanto sus clases de filosofía y en adelante vive de su trabajo de escritor.

En 1945 pronuncia su célebre  conferencia  “El existencialismo es un humanismo”,  dando paso a la tercera etapa de su obra, que culmina con la “Crítica de la razón dialéctica” (1960). Allí define la exigencia del compromiso. Sólo en función de este compromiso radical –afirma- puede  aún hablarse de humanismo. En esos años piensa que el marxismo es la única alternativa que le queda a la sociedad para liberarse, aunque toma distancia de los aparatos, que según él perjudican la dinámica de la liberación colectiva. Ya logró conjugar la filosofía de la libertad con el marxismo y la historia.

De esa época son trabajos fundamentales: los prólogos a “Adén Arabia” de Paul Nizán y a “Los condenados de la tierra” de Franz Fanon, y “El huracán sobre el azúcar”, fruto de su viaje a Cuba, ensayos en los que analiza los procesos de liberación del Tercer Mundo, las víctimas de la segregación, la represión y la pobreza en África, las luchas de los pueblos colonizados y el entramado de su resistencia cultural, y  con los que Sartre parece “corregir” su imagen anterior de intelectual “puro”.

A partir del Mayo Francés, en 1968, el creador del existencialismo acentúa su actuación pública. Ya había aceptadointegrar el Tribunal Rusell para denunciar los crímenes de guerra cometidos por el ejército americano en Vietnam y Corea, y rechazado el Premio Nobel de Literatura, por considerarlo una maniobra del establishment para neutralizarlo.Denuncia la muerte “accidental” de  seis  trabajadores en las mimas de carbón de Fouquieres-les Lenz  ocurrida el 4 de febrero de 1970, así como el asesinato del obrero maoísta Pierre Overney, a manos de un policía de civil, en la puerta  de la fábrica Renault.

La rebeldía de Sartre estaba basada es un irrevocable compromiso moral. En palabras de Tomás Abraham, Mateo, el protagonista de “La edad de la razón”, “odiaba a los burgueses. A los filisteos. A los comerciantes. A las familias. La domesticidad. La formalidad. Las instituciones. A los matrimonios. El trabajo. Los partidos políticos. La idea de progreso. El respeto a las autoridades. La literatura. El dinero…”. Mateo es un personaje de ficción, llevado al extremo como signo de la irreverencia y la necesidad de enfrentar la hipocresía de una sociedad que exalta las apariencias.

Jean Paul Sartre fue quizás el último gran escritor convocante no sólo por su obra sino por su presencia, y sin dudas el último “intelectual-faro”. Lo sucedió una generación de gran influencia en las ciencias sociales, pero que actuóen campos específicos y en ámbitos restringidos, académicos, e ideológicamente neutros.

Al cabo, ¿qué me deja esta pasantía actual por la figura de Sartre, a treinta y seis años de la muerte del filósofo de la libertad? Quizás recordar qué implicaba, a partir de él, ser un revolucionario.Implicaba un estudio riguroso de la historia y un análisis crítico de la realidad, un sentido de los valores,  una concepción internacional de la política, en sintonía con los pueblos que luchaban por su liberación, una exigencia de verdad y una ética irrenunciable, sin adhesiones incondicionales a partidos o a líderes, sin  convivir con la corrupción, ni desconociéndola ni considerándola un efecto colateral, y finalmente la altura de miras para imaginar un ser humano solidario y libre.

 

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