Ella se llamaba Lucia Berlín. Nació en 1936 en Alaska, murió en 2004 y fue muchísimas cosas: maestra, madre de cuatro hijos, empleada doméstica, enfermera, joven burguesa, gringa, esposa en tres matrimonios, telefonista y, sobre todo, escritora. Una escritora certera y profunda.

por Matías Melta

Vivió intensamente. A veces por elección, muchas veces por obligación o porque no tenía opción. Alumna de un colegio de monjas en Texas, adolescente rica en Chile o madre soltera de cuatro hijos en California, las realidades que experimentó fueron disímiles. Desde pequeña, se mudó de un país a otro, de una ciudad a un pueblo. Vibró con cada vivencia (de las pequeñas a las grandes), y se las quedó para sí como si tuviera un radar que retiene sensaciones y detalles y las tradujo en relatos con enorme cantidad de elementos autobiográficos, de forma visceral. Una escritora de raza.

Supo retratar en cuentos cortos y a través de personajes femeninos situaciones complejas o sencillas, a veces desgarradoras o tragicómicas, siempre tangibles, con una naturalidad en su pluma que transporta, genera empatía y lleva al lector a ponerse en la piel de sus personajes.

Su narrativa está impregnada de aromas y texturas, de realidades únicas, pero también comunes y corrientes. Conmociona y genera ansiedad, como si supiéramos todo el tiempo que lo que estamos leyendo contiene una verdad cruda. No hay tiempo para falsos consuelos. La verdad es la verdad. Muchas veces la soledad, por periodos el amor, o a veces algo parecido al amor. Pero Berlín transmite la soledad orgánica.

Muerte, vida, calles, marginales, trabajadores, burgueses, rebeldes, adultos, médicos, llantos, risas, borrachos, niños, mujeres solas batallando en su cotidiano por sobrevivir en un mundo lleno de incomprensión e inseguridades, como a ella misma le pasó (que luchó contra un fuerte alcoholismo y como madre soltera para darle una vida digna a sus hijos); retrató todo esto y más. Hay una femineidad vital y poderosa en su escritura que nos muestra sentimientos puros y contradictorios y es sorprendentemente actual.

Como ejemplo podemos nombrar el relato "Dentelladas de tigre" (spoiler alert), donde una joven mujer va junto a su bebé a El Paso para celebrar Navidad con familiares que viven allí. Una familia disfuncional y acomodada. Ella está embarazada. Joe, el padre del niño que lleva en su vientre, la abandonó. No tiene dinero. Su prima la convence de realizarse un aborto, ofreciéndole pagar la operación. Acepta, pero cuando llega a la clínica ilegal el dolor que siente es enorme, no solamente por ella sino también por esa veintena de adolescentes-mujeres embarazadas que están esperando para abortar. Se arrepiente. Siente pánico, desolación. Un párrafo: "Todas, sin excepción, estábamos solas. Las chiquillas quizá aún más todavía, porque a pesar de que dos de ellas lloraban, sus madres parecían ajenas y distantes, con la mirada perdida, aisladas en su propia rabia y vergüenza. Solas. Se me empezaron a llenar los ojos de lágrimas, porque Joe se había ido, porque mi madre no estaba ahí, nunca." El problema no es en sí el aborto sino la soledad, el abandono, la tristeza. Lo que viven miles de mujeres.

En vida, como muchos artistas irrepetibles, no fue valorada como lo merecía. Por eso mismo durante años fue olvidada. En 2016 una selección de sus cuentos fueron reeditados en un volumen llamado "Manual para mujeres de la limpieza", se convirtió en un fenómeno editorial y ahora somos muchísimos quienes formamos una legión de admiradores de su narrativa. Cuando una obra artística habla vívidamente por sí misma no precisa de referencias de otros autores que tengan un estilo parecido, simplemente está allí esperando ser descubierta.

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